Andrea Beltrán, abogada y candidata a Reina de Quito. Su proyecto busca dotar de autonomía, salud mental y empleo a 233 adolescentes de casas de acogida.

La aspirante a Reina de Quito, Andrea Beltrán Bonilla, no ve este certamen como un punto de partida, sino como la «cúspide de todo el trabajo social» que ha cultivado desde niña. A sus 25 años, esta abogada de profesión ha basado su postulación en un compromiso arraigado con su ciudad, impulsado por sus valores familiares y una profunda conciencia de la realidad social quiteña.

«Yo desde chiquita he estado muy involucrada a realizar proyectos sociales y labor social», afirma Beltrán, señalando que la Fundación Reina de Quito ha estado presente en su vida «desde que tengo uso de razón».

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Su conexión con la labor de la Fundación es tan personal que recuerda haber visitado el Centro Terapéutico cuando tenía apenas «8 años», un momento que la marcó para conocer otras realidades. «Qué mejor manera de honrar ese legado, de honrar todo lo que yo soy, que sirviendo a mi ciudad«, sostiene, al explicar su motivación para dedicar un año de su vida a esta causa.

El proyecto «Futuroscentes» de Andrea atiende a jóvenes de casas de acogida que, al cumplir 18 años, deben enfrentar la vida adulta sin familia.

El núcleo de su propuesta ataca un punto ciego del sistema de protección social: ¿Qué sucede con los adolescentes de las casas de acogida cuando cumplen la mayoría de edad? La ley es clara y el tiempo implacable; al cumplir 18 años, deben abandonar la institución. En Quito, 233 adolescentes de entre 12 y 18 años se encuentran en esta cuenta regresiva.

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Andrea explica que, si un niño no es adoptado antes de los 12 años, sus posibilidades de encontrar una familia se reducen drásticamente, casi en un 400%. «Futuroscentes» nace para evitar que estos jóvenes se sientan perdidos en el mundo al salir del sistema.

El proyecto se estructura en ejes vitales que incluyen salud mental para fortalecer el amor propio, y una capacitación agresiva en habilidades blandas, digitales y de emprendimiento, buscando esa inserción al primer empleo que garantice su dignidad y supervivencia lejos de la delincuencia.

El compañerismo y la sororidad son dos aspectos importantes en su candidatura.

Lejos de los estereotipos, la preparación de Andrea para este reto ha sido meticulosa y data de dos años atrás. Su enfoque combina la empatía con el rigor técnico. Para ella, ser Reina de Quito es la cúspide de una vida dedicada al voluntariado, una forma de devolver a la ciudad lo recibido, pero con la eficiencia de una profesional que sabe que la buena voluntad no basta si no hay ejecución.

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El ambiente dentro de la competencia refleja también los nuevos aires de la juventud quiteña. Andrea describe la experiencia no como una rivalidad encarnizada, sino como un ejercicio de sororidad y compañerismo. Entiende que, aunque solo una llevará la banda, todas representan a Quito y el brillo de una no debe opacar el de las demás.

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